
Quizá durará unas cuantas semanas, o quizás más, quien sabe. Por ahí, a este equipo boliviano que sorprendió en el nuevo estadio Joao Havelange se le ocurre demostrar que lo de ayer no fue casualidad y que de verdad pueden jugar mejor de lo que hace habitualmente. Pero no importa, nadie le quita el sabor a triunfo de este empate.
insoportable y preocupanteSí, vale mucho este momento en la gente, hastiada de un presente político, social y económico. Vale para cambiar el estado de ánimo, para variar el tema en las charlas cotidianas, para dejar de sufrir un poco, para poner fin a los permanentes contrastes y decepciones futboleras.
Pero no es sólo el empate que se valora en esta oportunidad, si no la actuación del equipo boliviano, que, !por fin!, jugó como el aficionado quiere, o sea, con actitud, temperamento, aplicación, convicción, decisión y solidaridad, sin ingenuidades, distracciones ni errores groseros. Como se decía antes, sudó la camiseta, fue rebelde y perseverante.
Bolivia tuvo todo eso en Río de Janeiro y ahogó a un Brasil al que en estos momentos no le sobran ideas ni argumentos colectivos. Por ello, la goleada que todos nos imaginábamos aferrándonos a los antecedentes no tuvo lugar.
No hubo puntos flojos. Carlos Arias brindó la serenidad necesaria desde el arco, la defensa se mostró expeditiva y solvente de la mano de Raldes, el mediocampo trabajó mucho en la contención y trató de jugar empujada por la jerarquía de Nacho García, y arriba, la desbordante generosidad de Marcelo Martins para pelear solo ante la ruda zaga brasileña.
Como aquel 1-1 del 85 en la eliminatoria de México 86, este 0-0 forma parte de los hechos históricos del fútbol boliviano. Por eso, en este caso, contradecimos a Jobin, "felicidade nao tem fim".
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